Caza Menor

El conejo de monte podría ser en realidad dos especies diferentes en la Península Ibérica

Un estudio liderado por investigadores del IESA-CSIC propone reconocer al conejo ibérico como una especie propia, un cambio que obligaría a revisar su seguimiento, conservación y gestión cinegética

A simple vista, pocos cazadores encontrarían grandes diferencias entre los conejos de monte que habitan el este y el oeste de la Península Ibérica. Comparten aspecto, costumbres y una presencia histórica en nuestros campos. Sin embargo, bajo esa aparente semejanza se esconden dos linajes que llevan cerca de dos millones de años recorriendo caminos evolutivos diferentes.

Una investigación liderada por científicos del Instituto de Estudios Sociales Avanzados del CSIC propone ahora dar un paso que va mucho más allá de cambiar un nombre en los manuales de zoología: dejar de considerar esos dos linajes como subespecies y reconocerlos como especies distintas.

El trabajo, publicado en la revista científica Biological Conservation, reúne evidencias genéticas, ecológicas, morfológicas, reproductivas y de comportamiento para defender que el llamado conejo ibérico debe recibir la denominación de Oryctolagus algirus. El conejo europeo conservaría el nombre de Oryctolagus cuniculus.

La propuesta no significa que haya aparecido de repente una nueva clase de conejo en el campo. Los dos linajes siempre han estado presentes. Lo que ha cambiado es la interpretación científica de sus diferencias y el peso que estas deberían tener a la hora de clasificarlos y gestionarlos.

Para cazadores, titulares de cotos y gestores de fauna, el hallazgo puede tener consecuencias importantes. Si finalmente se consolida esta separación, ya no tendría sentido estudiar, trasladar o gestionar de la misma manera poblaciones que presentan una historia evolutiva, una distribución y una situación demográfica diferentes.

De dos subespecies a una posible separación definitiva

Hasta ahora, la clasificación más utilizada distinguía dos subespecies de conejo de monte en la Península Ibérica: Oryctolagus cuniculus cuniculus y Oryctolagus cuniculus algirus.

Esta división ya reconocía que no todos los conejos peninsulares eran exactamente iguales. Los estudios habían descrito diferencias relacionadas con su genética, tamaño, reproducción, distribución geográfica y adaptación a distintos ambientes.

La nueva investigación considera que esas diferencias son demasiado profundas para seguir hablando únicamente de subespecies. Los autores sostienen que ambos linajes han mantenido trayectorias evolutivas independientes durante un periodo suficientemente largo como para reconocer dos especies.

El cambio propuesto convertiría a Oryctolagus algirus en el conejo ibérico, mientras que Oryctolagus cuniculus seguiría denominándose conejo europeo.

No obstante, conviene introducir una precisión. La publicación del estudio supone una propuesta científica sólida, pero los cambios taxonómicos no siempre se incorporan de forma inmediata y uniforme a todas las bases de datos, administraciones y normativas.

Por tanto, todavía será necesario comprobar cómo recibe la comunidad científica esta revisión y si las diferentes instituciones terminan adoptando oficialmente la nueva clasificación.

Dos millones de años de evolución separada

El origen de esta división se remonta aproximadamente dos millones de años atrás.

Durante los periodos glaciales, las poblaciones ancestrales de conejo habrían quedado separadas en dos grandes refugios de la Península Ibérica. Uno se situaría en el entorno del valle del Ebro y otro en el suroeste, alrededor del golfo de Cádiz.

El aislamiento favoreció que cada población evolucionara de forma independiente. Con el paso de miles de generaciones, fueron acumulándose diferencias genéticas, fisiológicas y ecológicas.

Más tarde, cuando las condiciones climáticas volvieron a permitir su expansión, ambos linajes extendieron sus áreas de distribución y llegaron a entrar en contacto en una franja de la Península. Sin embargo, aquella separación inicial dejó una huella que todavía puede detectarse.

Las investigaciones previas ya consideraban que estos dos grupos constituían unidades evolutivas significativas. El nuevo trabajo reúne argumentos para afirmar que la distancia entre ellos justificaría tratarlos directamente como especies diferentes.

¿Dónde vive cada uno?

El conejo ibérico, propuesto ahora como Oryctolagus algirus, ocupa principalmente Portugal y el oeste de España.

También se encuentra en algunos territorios del norte de África y en islas a las que habría llegado mediante introducciones realizadas por el ser humano.

El conejo europeo, Oryctolagus cuniculus, se distribuye principalmente por el este de la Península Ibérica. Este sería, además, el linaje que posteriormente fue trasladado a buena parte de Europa y a otros lugares del mundo.

Entre ambas áreas existe una zona de contacto en la que los dos linajes pueden encontrarse y presentar cierto grado de mezcla genética.

Esta distribución resulta especialmente importante para la gestión. Dos cotos situados en regiones distintas pueden albergar poblaciones de conejo que hasta ahora recibían el mismo tratamiento administrativo y cinegético, aunque pertenezcan a linajes diferentes y presenten evoluciones demográficas opuestas.

Parecidos por fuera, diferentes por dentro

Para la mayoría de las personas, distinguir a simple vista un conejo ibérico de uno europeo no será sencillo.

El conejo ibérico suele ser más pequeño y ligero, aunque el tamaño por sí solo no permite realizar una identificación segura. La edad, el sexo, la alimentación y las condiciones del terreno también influyen en el aspecto de cada ejemplar.

Las diferencias más importantes aparecen al estudiar su genética, reproducción, fisiología, ecología y comportamiento.

Los investigadores han revisado información procedente de numerosas disciplinas. Entre las características analizadas se encuentran la morfología, el número de crías por camada, el microbioma intestinal, las propiedades de la carne y la respuesta de cada linaje a diferentes condiciones ambientales.

No se trata, por tanto, de una separación basada únicamente en una pequeña variación genética o en una diferencia de tamaño. El argumento de los autores es que existe un conjunto amplio de evidencias que señala una evolución independiente y mantenida en el tiempo.

Por qué afecta directamente a la gestión cinegética

Reconocer dos especies obligaría a revisar buena parte de la información acumulada durante décadas.

Muchos censos, estudios sanitarios, estadísticas de capturas y programas de seguimiento se han elaborado tratando a todos los conejos de monte como miembros de una misma especie. En algunos casos se diferenciaban las subespecies; en otros, esa separación ni siquiera se tenía en cuenta.

Si la nueva clasificación termina aceptándose, será necesario saber qué especie habita en cada territorio y cómo está evolucionando su población.

Esto puede afectar a cuestiones como:

  • Los censos y métodos de seguimiento.
  • Los planes técnicos de caza.
  • Las translocaciones y repoblaciones.
  • La selección de ejemplares para proyectos de recuperación.
  • La vigilancia de enfermedades.
  • La valoración del estado de conservación.
  • Las medidas de control por daños agrícolas.

El principal riesgo sería seguir trasladando o gestionando conejos sin tener en cuenta su procedencia genética.

Mover animales de una zona a otra no es una actuación neutra. Puede alterar la estructura genética de las poblaciones locales, introducir enfermedades o mezclar linajes que han evolucionado durante miles de años bajo condiciones diferentes.

Esta cuestión no es nueva. Investigaciones anteriores ya habían advertido de la importancia de respetar los linajes de conejo durante las translocaciones. La propuesta de reconocer dos especies refuerza todavía más esa precaución.

Dos realidades poblacionales distintas

Uno de los argumentos centrales del trabajo es que los dos conejos no atraviesan la misma situación.

El conejo ibérico presenta un declive extendido en buena parte de su área natural. Un estudio reciente basado en respuestas de 1.956 agentes medioambientales concluyó que el 70,6 % de los participantes que trabajaban dentro de su área de distribución percibían una tendencia descendente.

El conejo europeo, por el contrario, mantiene situaciones más variadas. Hay territorios en los que también ha sufrido fuertes descensos, pero en determinadas zonas conserva poblaciones estables o incluso alcanza abundancias capaces de provocar daños agrícolas.

Esta diferencia reproduce una de las grandes paradojas del conejo en España.

En unas comarcas es una especie escasa cuya recuperación resulta imprescindible para sostener a numerosos depredadores. En otras alcanza densidades elevadas y obliga a realizar actuaciones de control para proteger cultivos e infraestructuras.

Gestionar ambas realidades con una única receta ya era complicado. Si además se confirma que corresponden a especies distintas, la necesidad de aplicar medidas adaptadas a cada territorio será todavía mayor.

Una pieza de caza y una especie clave para el monte mediterráneo

Para el mundo cinegético, el conejo es una de las piezas más representativas de la caza menor española. Ha sostenido durante generaciones jornadas con podencos, caza al salto, hurón, recechos en cultivos y numerosas modalidades tradicionales.

Pero su importancia no termina en el morral.

El conejo ocupa una posición central en el ecosistema mediterráneo. Es presa habitual de una gran variedad de carnívoros y rapaces, entre ellos especies tan emblemáticas como el lince ibérico y el águila imperial.

Las variaciones en su abundancia tienen consecuencias directas sobre los depredadores, la vegetación y el funcionamiento de numerosos hábitats.

Un trabajo clásico publicado en Biological Conservation ya lo definió como una especie clave en el sur de Europa, al comprobar la relación existente entre la abundancia de conejos y la presencia y diversidad de aves rapaces.

Por eso, la caída del conejo ibérico no constituye únicamente un problema para la actividad cinegética. También puede afectar a programas de conservación y recuperación de especies amenazadas que dependen de él como alimento.

El papel de los cazadores en el nuevo escenario

Los cazadores pueden desempeñar un papel importante en el seguimiento futuro de ambas poblaciones.

Su presencia continua en el territorio les permite detectar cambios que no siempre aparecen en una visita puntual: desaparición de vivares, reducción de camadas, brotes de enfermedad, cambios en las zonas de alimentación o incrementos repentinos de densidad.

Sin embargo, para que esa información sea útil deberá recogerse de forma ordenada y vinculada a una correcta identificación geográfica y genética de las poblaciones.

Los científicos ya han demostrado que la colaboración con profesionales y personas que trabajan diariamente sobre el terreno puede aportar información a gran escala. El estudio sobre el declive del conejo ibérico utilizó precisamente las observaciones de agentes medioambientales repartidos por España.

En el futuro, los censos realizados por sociedades de cazadores, gestores y titulares de cotos podrían ayudar a completar el mapa real de ambas especies, siempre que se empleen métodos comparables y coordinados con investigadores y administraciones.

Qué puede pasar con los planes de caza

Por el momento, la publicación científica no modifica automáticamente las temporadas, cupos o autorizaciones.

Las normativas cinegéticas continúan aplicando la clasificación vigente en cada comunidad autónoma. Para que exista un cambio administrativo será necesario que las autoridades incorporen, en su caso, la revisión taxonómica a sus catálogos, planes y procedimientos.

A medio plazo, sí podría abrirse un escenario nuevo.

Las comunidades situadas en el área del conejo ibérico podrían necesitar evaluaciones específicas sobre su evolución. Los planes técnicos tendrían que diferenciar con mayor precisión entre zonas deficitarias y zonas con daños.

Las repoblaciones deberían exigir garantías más estrictas sobre el origen de los animales y su compatibilidad con las poblaciones locales.

También podría ser necesario revisar estadísticas históricas. Una caída atribuida hasta ahora al conejo de monte en general podría haber afectado sobre todo a uno de los dos linajes.

El cambio de nombre parece pequeño, pero detrás de él existe una transformación completa en la manera de interpretar los datos.

No todos los conejos podrán gestionarse de la misma forma

Durante años, el debate sobre el conejo en España ha oscilado entre dos extremos.

En algunos territorios, cazadores y conservacionistas reclaman mejoras de hábitat, control de depredadores oportunistas, vigilancia sanitaria y medidas de recuperación.

En otros, los agricultores solicitan controles más intensos debido a los daños provocados en viñedos, cereal, olivar, frutales e infraestructuras.

Ambas situaciones pueden ser reales al mismo tiempo.

El reconocimiento de dos especies no elimina esa complejidad, pero puede ayudar a comprenderla. Parte de las diferencias observadas entre regiones podría estar relacionada no solo con el hábitat o la presión humana, sino también con las características propias de cada linaje.

Los autores del estudio advierten precisamente contra la inercia taxonómica: mantener una clasificación demasiado amplia puede ocultar trayectorias de conservación distintas y llevar a tomar decisiones poco adecuadas.

Un hallazgo que todavía debe trasladarse al terreno

La propuesta del IESA-CSIC abre una nueva etapa en el conocimiento del conejo de monte ibérico.

Desde el punto de vista científico, reúne argumentos para reconocer dos especies: el conejo europeo, Oryctolagus cuniculus, y el conejo ibérico, Oryctolagus algirus.

Desde el punto de vista práctico, el trabajo plantea numerosas preguntas.

Habrá que mejorar los mapas de distribución, desarrollar métodos fiables de identificación, revisar las translocaciones y analizar por separado el estado de cada población.

También será necesario evitar una interpretación precipitada. Reconocer una especie distinta no implica automáticamente prohibir su caza en todo su territorio, del mismo modo que su abundancia en una comarca no demuestra que se encuentre en buen estado en el conjunto de su área.

La gestión deberá apoyarse en datos locales, censos fiables y objetivos concretos.

Para el cazador, quizá el conejo siga pareciendo el mismo cuando cruza una senda o sale de una mata. Sin embargo, la ciencia señala que bajo ese aspecto familiar pueden esconderse dos historias evolutivas muy distintas.

Historias que comenzaron hace casi dos millones de años y que, a partir de ahora, podrían obligarnos a mirar de otra manera a una de las especies más conocidas y más importantes de nuestros campos.